Wednesday, April 4, 2007

Reflexiones foucaultianas

Después de pasar mucho tiempo sin tocar Foucault, he decidido vencer mi miedo a revisitar ciertos nombres (Barthes, Derrida, Foucault... todos esos franceses temibles) y seguir el consejo de JRV, quien, con muy buen tino, me aconsejó leer su ensayo titulado "Nietzsche, la génealogie, l'histoire". Horror, terror, pavor: no sólo el ensayo era de Foucault, uno de mis nombres temidos, sino que trataba de Nietzsche, terminus ad quem de mi tolerancia por la especulación sobre todo aquello debatible fuera del campo de lo empírico. Afortunadamente, la experiencia ha sido mucho más grata de lo que yo pensaba, y me ha animado el poder establecer conexiones con otras cosas leídas anteriormente. Al mismo tiempo, me animé a leer "Qu'est-ce qu'un auteur?", que acabó por confirmar una de las sospechas albergadas como consecuencia de la lectura del primer ensayo. Paso a explicarme.

Resulta que la historia tradicional (lo que Foucault llama "historia de los efectos") era vista por Nietzsche como una continua aplicación de categorías metafísicas a los acontecimientos históricos. Los hombres miran hacia atrás y ordenan lo que ha ocurrido según categorías universales del comportamiento humano. Una vez nos hemos creído eso de que ya hemos cumplido con el deber impuesto por el oráculo apolíneo, la cosa está fácil: sólo hay que mirar hacia atrás y describir lo que hemos hecho de acuerdo a nosotros mismos. Y nosotros mismos somos el resultado de un proceso lineal de decadencia, de afeamiento. El origen (el Edén, el Ursprung) es el momento de pureza, de plenitud, que posteriormente se pierde. Esa es la esencia de lo humano. Por lo tanto, el hacer historia es el describir el proceso de pérdida de plenitudes a partir de momentos de origen que hay que identificar. Lo ontológico (espero no estar desbarrando aquí en mi lectura) adquiere una dimensión ética que debe reflejar el discurso histórico: lo primigenio, lo original, es lo bueno, mientras que lo posterior, lo derivado, es necesariamente imperfecto, fragmentario. Decía yo, creo, en un comentario sobre la glosa, que todo puede acabar siendo una cuestión de léxico final. Así, la "historia de los efectos" es la historia del "qué pasó después", que pone en relación inevitable lo actual con lo pretérito, y asume (obviamente) una identidad esencial que posibilita esa relación. Esta identidad y su manifestación temporal lineal es, supongo, uno de los significantes de este léxico final, tan final que no podemos preguntarnos sobre su significado. La falta de distancia semiótica entre esta identidad como significante y como significado asegura que no podamos prescindir de ella a la hora de volver atrás sobre nuestras propias huellas hasta el deseado origen: es nuestro hilo de Ariadna. Sin esta identidad esencial (del ser humano, de sus sentimientos, de sus hábitos y prácticas) nos perderíamos a la hora de buscar su primera, unitaria y perfecta aparición.

A todo esto (que he esbozado de manera muy personal a partir de mi lectura de Foucault, estableciendo a veces relaciones con las que quizá el de Röcken no estaría muy de acuerdo), Nietzsche contrapone el concepto de "genealogía" ("wirkliche Historie", o sea, "historia de los procesos, de los funcionamientos"). La genealogía también busca sus orígenes, pero son unos orígenes completamente distintos. Por una parte, el estudio de la descendencia ("Herkunft") no es tanto la búsqueda del del “de dónde”, sino la búsqueda del “cómo y por dónde”: el análisis genealógico acaba por derribar el mito de la unidad esencial de lo transmitido a través del tiempo (unidad fragmentada, pero todavía presente en cuanto a que comparte un mismo estátus ontológico), y acaba por demostrar diversidad y disparidad donde antes había unidad e identificación. Lo que el análisis genealógico nos demuestra no es cómo las diversas identidades surgen o cambian, sino cómo no hay tales identidades, sino solamente manifestaciones contrapuestas que interactúan en el tiempo de manera casual con resultados cuya ordenación de acuerdo a categorías diacrónicas es tan sólo una apariencia (me llamó la atención el uso de la metáfora del cuerpo para ejemplificar este panorama de lo existente descubierto por la genealogía: ¿qué mejor manera de subvertir el concepto de unidad que utilizando una idea tan asociada a la propia idea de unidad formada por diferentes partes para dar a entender precisamente la falta de unidad?). El otro tipo de “origen-pero-sin-ser-origen” que revela la genealogía es “la aparición”, “el surgimiento” (“Entstehung”), que es (aquí creo yo que está el busilis del asunto) no comienzo, no producente (permítaseme la licencia léxica), sino resultado, producto. Producto del conflicto entre fuerzas que luchan por imponerse, por dominar, por anularse, de forma recurrente y sin progresión predeterminada ni necesaria. Esta emergencia, por tanto, no es confluencia: no es identidad, no es unidad (la unidad es uno de estos elementos de léxico final que no significan nada más que si mismos), sino distancia, separación, oposición.

Esto, que es mucho más fácil de pensar que de explicar, me provocaba una sensación de incomodidad mientras leía, que acabó por aliviarse en parte al ver que Foucault pensaba (al menos, parece sugerirlo) lo mismo que yo en relación a una cosa. Y es que, al final, Nietzsche acaba por afirmar la existencia de una unidad, al menos una, que es constante y necesaria, producente y no producida, única e irremediablemente engendrante: el ansia de dominación, la oposición eterna entre fuerzas que no necesitan más explicación que ellas mismas. O sea, que al final tenemos que admitir al menos este signo único en nuestro léxico final. La “wirkliche Historie” que propone Nietzsche opera por supuesto de modo distinto a la historia tradicional en cuanto a que no tiene por qué preocuparse en explicar nada más allá de esta constitución ontológica básica, pero de ésta, por lo menos de ésta, no puede deshacerse. La genealogía, supuestamente, rechaza la seguridad de los absolutos: pero hay un absoluto del que no podemos deshacernos. Esto, si he leído bien.

Cosas que se me ocurren a raíz de esto: nos liberaríamos de la necesidad de la hermenéutica, puesto que ya no hay por qué poner las cosas en su sitio, por qué discernir niveles de significación. La genealogía es puramente descriptiva (qué fuerzas se opusieron, cuál fue el resultado en un momento dado, cuál dominó, cuál fue subyugada): no hay necesidad de cerciorarnos de que estamos “entendiendo” algo (es decir, de que estamos percatándonos de su unidad esencial con X y de los términos en que se produce esta unidad esencial). Irvine, en The Making of Textual Culture, hablaba de la “ansiedad semiótica” del exegeta, que intenta explicar, presentar la relación correcta entre el significante y lo significado, por medio de un artefacto necesariamente inadecuado a la esencia de este significado (es decir, mediante el lenguaje, naturalmente fragmentario y disociado de su significado, necesariamente iterativo, frente a ese Significado Único del texto). Siendo genealogistas, y no historiadores, no tenemos por qué preocuparnos como hacían Orígenes o Agustín. Claro que ellos dos parten de supuestos radicalmente opuestos a los de Nietzsche. El problema está en que el propio ejercicio genealógico y el del historiador tradicional tienen algo en común, que es la necesidad de mirar al pasado y de aprehenderlo. La historia tradicional tiene la “ventaja” de apoyarse en falacias que alimentan su propio sistema, pero la genealogía acaba por no encontrar objeto de conocimiento. Esta es una de las fuerzas en acción: el ansia por saber, por conocer. Vuelven aquí a tocarse los extremos: aunque digamos que el genealogista no es un hermeneuta, su ejercicio acaba por ponerlo todo en relación al único absoluto del continuo juego de dominación entre fuerzas (así que, sin quererlo, hacer genealogía también es hacer exégesis). La única solución es la propia anulación de la fuerza que nos lleva al borde de este precipicio (“tenemos que estar preparados para elegir: ¿queremos que la Humanidad acabe en fuego y luz, o en la arena?”).

O sea: que hagamos lo que hagamos, estamos leyendo. Nuestro sino es hermenéutico, en tanto nuestro propio ansia por saber no nos acabe destruyendo.

Ideas prolijamente expresadas y con bastante poco tino a estas horas de la noche. Acabo por lo demás de darme cuenta de que no he hablado del otro ensayo de Foucault y de su relación con todo esto. Bueno, será para otra vez. Voy a dejarme vencer por la fuerza que en este momento trata por dominarme, que es la de acabar este comentario de hoy.

2 comments:

Heather Bamford said...

Qué bien que hayas dejado el mundo empírico por el mundo de los molinetes de verdad, el mundo (supongo) en que se desmontan las dialécticas y que se escriben, es decir, se pintan, líneas bonitas y poco comprensibles (al menos para esta lectora) como éstas de la Carte Postale:

…I often close my eyes while talking to you), and when the line is clear and the timbre refines a kind of “filtered” purity (it is a bit in this elements that I imagine the return of revenants, by means of the effect or the grace of a subtle and sublime, essential, sorting—of parasites, for there is nothing but parasites, as well you know, and therefore the revenants have no chance, unless there have ever been, from the first “come” [“viens”], but revenants (The Post Card, Alan Bass trans. Univ. of Chicago Press, 1987,10)

Te pido muchas disculpas por no citar el francés, bien sabes que la única razón por lo cual no lo hago es por no tenerlo en casa. Me alegro de que hayas escrito sobre algo filosófico que, en realidad, no he leído (aunque estás dialogando con ¿Qu'est-ce qu'un auteur? que sí he leído) para que podamos discutir al respecto. Últimamente, parece que nadie me quiere corregirme, aparte de mi pronunciación miserable de la lengua francesa, ni entrar en debate conmigo. Estar demasiado de acuerdo es no leer. En las horas de oficina de cierto profesor el otro día, al final de nuestra conversación y después de haber trabajado mucho en provocarle, me empezaba a criticar mi lectura de los términos y conceptos de la “moralidad” en la Edad Media en relación con algunas cartas de Christine de Pizan. Cuando hayas dejado de reír, fíjate bien en esto (ahora me estoy riendo): que te conste que vamos a tener que provocarnos más el uno al otro y estar de acuerdo menos.

La historia tradicional constituye un proceso continuo de inventar, trabajar, y aplicar categorías metafísicas. Esta historia viene a relacionarse de manera íntima con cuestiones éticas y, en efecto, se vuelve una historia ética, o sencillamente, una ética narrada. Si todo termina siendo un “léxico final” (y, no creo que sea así), ¿también se puede decir que todo termina siendo ético? Recordemos que el léxico final que propone Richard Rorty se compone de palabras que utilizamos para justificar nuestras acciones, creencias, y vidas. Decidir y decir que sí, existe un léxico final, presupone una oposición a un léxico no finalizado. Debe de existir, como dirían los genealogistas, un conflicto, un debate, algún tipo de negociación para dar a luz a y crear necesidad, al menos según Rorty, para este término. En las palabras mismas de dicho léxico existe una pelea sin fin [y quizás es por eso que precisemos de una palabra para dominar una noción del léxico final]; en el caso de los que no son ironistas, esta lucha consiste en la defensa de un significativo, una lectura impermeable para cada uno de los miembros de su ejército del léxico final. El soldado “bueno”, por ejemplo, está constantemente luchando con si mismo, intentando autoconvencerse que sí soy bueno, no tengo necesidad de “reescribirme”. En el caso del ironista, por otro lado, tenemos la amenaza de la extinción: las palabras [los soldados] tales como “bueno”, “verdad” están a punto de desparecer por completo del vocabulario de los ironistas que son capaces de entender, en las palabras de Rorty, que “anything can be made to look good or bad by being redescribed….”, pero simultáneamente, “never quite able to take themselves seriously because [they are] always aware that the terms in which they describe themselves are subject to change, always aware of the contingency and fragility of their final vocabularies, and thus of their selves (Contingency, Irony, and Solidarity, 74). Yo diría, aunque en esto seguramente no tengo la razón, que la idea del léxico final solo se puede desarrollar [si sólo “creamos una ética” o nos justificamos con ciertas palabras, el uso de un léxico determinado. Estas palabras, que parecen ser más o menos fácilmente identificables -al menos según Rorty- son necesariamente: oscuras, amorfas, imprecisas y también necesariamente final. Pregunta: ¿Diría Nietzsche que puesto que nuestra historia se torna ética, entonces todas las palabras empleadas y preformadas en la creación de la historia [casa, mojito, árbol, pájaros, _charlatan_, Francia , guerra, galletita, Alfonso, Wikapedia, Dagenais y su lectura etica son éticas?

Me gusta mucho tu síntesis del análisis genealógico. A tu observación que la genealogía sea “puramente descriptiva (qué fuerzas se opusieron, cuál fue el resultado en un momento dado, cuál dominó, cuál fue subyugada), quizás podríamos añadir que la genealogía describe procesos de negociación y que, en realidad, ésta constituye un espacio activo, no inactivo. Tengo la sensación de que esta narración nunca deja de moverse: si lo que se narra es una serie de oposiciones, de negaciones, y a lo largo de la narración, los episodios de negociación aislados dejan de ser aislados y se sobreponen, se reescriben, como el léxico final de los ironistas. Quizás en lugar de llamar la genealogía un producto, podríamos denominarla “proceso”.

Voy a poner fin a este proceso. Estás a punto de presentarte para tus exámenes de doctorado. Te digo que si tú no lo puedes hacer, pues, no hay ni la más mínima esperanza para nuestro departamento. En estos días y dado la cercanía de las Pascuas, admito que creo en poco, pero nunca he dejado de creer en ti.

Druida del Sur said...

Muy bueno.