Tuesday, March 6, 2007

Glosas

Digamos entonces que la glosa propone, desde el margen, un nuevo discurso, un nuevo léxico final (aunque no me gusta mucho el concepto de “léxico final”: al fin y al cabo, ¿no es todo una cuestión de “léxico final”? ¿Y hasta qué punto el texto tutor y la glosa no comparten un mismo léxico, todavía más final, que legitima la transmisión textual de ambos, la legitimidad de construir sistemas de conocimiento desde la palabra escrita, la validez de los conceptos interpretativos sobre los que se construye el texto tutor y que la glosa trata de sustituir: autoridad, preeminencia hermenéutica, alteridad...?). Pero bueno, aceptemos de momento, como instrumento heurístico, la idea de que la glosa aspira a sustituir al texto al que glosa. A la vez, sin embargo, la sustitución es imposible, puesto que lo que legitima a la glosa es precisamente su valor como discurso alternativo a otra cosa. Esta otra cosa (si entiendo bien la idea) tiene que estar ahí, no puede desaparecer, puesto que si lo hiciera, acarrearía automáticamente la pérdida de validez pedagógica del comentario. Me parece que esta idea es útil, por muchas razones, pero sobre todo porque permite que veamos la actividad glosadora como algo más que un simple comentario o explicación, y desde luego como algo distinto a una “complementación” o “acabamiento” del texto tutor: supone, por el contrario, un proceso dinámico de legitimación intelectual de nuevos sistemas culturales.
Pero parece que surgen así nuevos interrogantes. Primero, ¿por qué en la glosa? Sabemos que esta aspiración a sustituir el texto tutor (o sea, su discurso, su “léxico”) se realiza desde una posición de marginalidad, entendida lato sensu, no necesariamente desde el borde de la página. En efecto, con el tiempo la glosa va migrando al centro de la página, se sitúa paralelamente al texto tutor, a veces aparece con un tipo de letra mayor, va ganándole terreno al texto al que comenta, pero no lo elimina. No puede eliminarlo. Y no puede porque la glosa es complemento de esa otra cosa. En el artículo se presenta la idea de que hay que reevaluar la idea de la subsidiariedad de la glosa, precisamente porque la glosa, más que comentar el texto tutor, desafía su discurso. Pero parece que este desafío no puede llegar a su fin, si es que el fin de la glosa es sustituir al texto tutor.
A eso quería referirme con la idea de que no creo que se trate de proponer un nuevo léxico final. Todo depende de qué entendamos por “final”. La glosa aspira a ganarle la partida al texto tutor, pero lo hace jugando en el campo del texto tutor. Por ejemplo, cuando Alfonso de San Cristóbal glosa a Vegecio para decirnos que “Vegecio, ese Vegecio que vemos ahí en la columna izquierda de la página, no dice lo que creemos que dice”, está implícitamente reconociendo que, para construir la nueva cultura caballeresca laica del momento, hay que hacerlo desde Vegecio, no sustituyendo a Vegecio. Hay que re-leer a Vegecio, entenderlo de una manera nueva a como hasta ahora lo habíamos entendido, porque resulta que Vegecio “no dice lo que creemos que dice”. La glosa (según lo entiendo yo) no propone a Alfonso de San Cristóbal como nueva base de construcción de la cultura caballeresca, sino a Vegecio a través de Alfonso de San Cristóbal, un nuevo Vegecio que, sin embargo, necesita seguir presentándose a través de su propio texto, tan glosado y tan comentado como queramos, tan reducido de tamaño y tan difícil de leer como queramos, pero aún presente. Ese léxico final nuevo acaba por no ser tan nuevo, desde el momento en que su sustitución del antiguo sólo puede ser parcial. Parece un callejón sin salida: intentar construir un nuevo sistema cultural a través de un ejercicio pedagógico que depende de lo ya dicho. Es como reconocer que nuestra independencia cultural sólo puede afirmarse a través de la comparación con lo antiguo, con lo que queremos superar o de lo que queremos distanciarnos.
A no ser, claro está, que mi pregunta (¡volvamos a la pregunta!) esté mal formulada. Quizá la pregunta no sea “cómo sustituye la glosa al texto tutor” (porque la pregunta no vale para nada si todo lo que he dicho en el párrafo anterior es cierto), sino “de qué diferentes maneras puede establecerse una relación de lectura –o sea, de dependencia/independencia hermenéutica- con otros textos/discursos anteriores, y cómo se materializan en la página cada una de estas maneras”. Parece, en principio, que esta pregunta es mejor, porque no damos por hecho que la glosa quiera sustituir, sino que quizá la glosa sea una de las muchas maneras posibles de encontrarse con discursos anteriores y de reaccionar frente a ellos, e incluso que la glosa pueda obedecer, en momentos diferentes, a diferentes maneras de reaccionar o de leer. No parece lo mismo, pues, la glosa anónima que sólo “contribuye a la comprensión de las ideas de otro”, que la glosa del XV, con nombre y apellidos, de “comentador” que hace, sin embargo, mucho más que comentar, que la glosa legal del mos italicus que acaba pudiéndose imprimir independientemente. Entre Júpiter y Gregorio López hay un abismo discursivo que me parece demasiado amplio como para poder ser cubierto por una única definición. Diferentes tipos de glosas acaban teniendo vidas muy distintas. Esto me parece sintomático de que no hay una actividad única que pueda definirse de manera monolítica (pienso ahora en el famoso “Glossynge” de Dagenais, con forma y función única, al que casi podemos visualizar colándose entre las páginas de los códices por la noche, cuando nadie lo ve, para asegurarse de que la gente lee el texto en clave ética), sino diferentes acercamientos al texto que suponen diferentes actitudes frente al discurso presentado en el texto tutor. Claro está que no hay que relativizarlo todo, porque en diferentes épocas habrá determinados acercamientos que sean predominantes, pero lo interesante es ver cómo unos dan paso a otros o, todavía mejor, como coexisten. Así quizá podamos entender mejor cómo entender que en unas épocas se glose de una manera o se glose de otra, o no se glose, o se altere completamente el modo de lectura (y el discurso de autoridad) con esta cosa que es el texto con citas, que también existía en la Edad Media (y que construye el discurso de la autoridad de una manera diferente a la cita, inventándose a veces autoridades comodín como “el Filósofo” o “el Salmista”; pero que hoy en día se presenta con una forma particular: título, año, página exacta: ya no vale citar de memoria)

Así pues, no parece improcedente la idea de que la glosa quiera sustituir el discurso precedente y proponer un nuevo léxico final, pero, por otra parte, parece que la glosa puede tomar formas muy diferentes que “leen” de maneras también diferentes, y que estas lecturas no son únicamente cuestión de aparecer en un punto determinado de la página, con o sin nombre de autor. A partir de aquí, podemos volver a descender otra vez a considerar la glosa, pero sabiendo que no hay que “definir la Glosa”, como hacía Dagenais, sino que hay que definir diferentes modos de lectura que, a su vez, se manifiestan en la forma de la página de determinadas maneras y reflejan, a su vez, diversas formas de acercarse a los discursos precedentes.

¿Qué te parece todo esto? ¿Hay que quemarlo? :-)

Seguiremos hablando.

Isr.